15/12/16

El Parque

¿Te he contado cuando liberé a un reino de unos invasores?

Me ha costado mucho empezar a escribir esta anécdota, que se podría colocar más como sueño, pues yo ya no recuerdo muy bien qué parte es cierta y qué parte no. Lo que sí sé, es que cuando era pequeño, tenía mucha imaginación. Bueno. Desde Agosto retrasando esto. Allé voy!

Como bien he dicho, cuando era pequeño (bueno, y ahora) tenía bastante, bastante imaginación. Llegaba al punto de que a veces me creía mis propias ocurrencias. Eso, o que estaba loco. O que me drogaban a escondidas. O que pasaban cosas extrañas de verdad. Ni idea, pero daba igual, porque molaba tela. Pero la cosa llegó cuando conocí a otro chavalín con la misma imaginación que yo, y que, no sólo compartía mis locuras, sino que añadía más. El resultado fue explosivo. Y divertido, claro.

Íbamos mucho a un parque a jugar. El parque era grande, y estaba amurallado. Unos muros de dos metros, de color blanco, sin nada arriba. Los muros dejaban de ser blancos cuando bajaban, pasaban a ser blanco manchado de verde y marrón, por las ramas y matorrales. Había muchos árboles, y un par de estanques muy, muy pequeños. En esos estanques había patos. Pero en ese momento no. ¿Por qué no había patos? Fácil. La corrupción atrajo unos seres malvados y apestosos que se encargaron de desterrar todo lo bello que había en el lugar. Y, entre esas cosas, pues los patos.

El parque se podía dividir en tres zonas. Una de ellas era la parte baja, la más segura. La que menos orcos tenía, apenas ninguno. Era donde nos refugiábamos nosotros siempre. En esa zona había muchos árboles. Un suelo de tierra y hojas, y hasta un par de toboganes, si no recuerdo mal. Luego, la parte superior. La peor. Había dos especies de piscinas enormes con fuentes que no funcionaban. Las piscinas tenían aguas verdes y oscuras. No conocíamos su profundidad, pero tampoco íbamos a tantear. En la parte superior, evidentemente, es donde se encontraban las fuerzas enemigas. Los orcos, y los trasgos. Era el mal.

Separando estas dos zonas principales, estaba la puerta al infierno. Una escalera con forma de media luna que ascendía hasta la zona enemiga. En esa zona no había nada, sólo la gigantesca escalera que ocupaba todo el ancho del parque amurallado. En esa escalera habitaban orcos, trasgos y algunos bufones que se dedicaban a animar el ambiente. Extrañas alianzas se formaban en estos tiempos difíciles.

Pero nosotros no queríamos alianzas. Nosotros queríamos expulsar el mal de aquella zona. Era nuestro deber. Los guardianes del parque nos lo habían encargado. Teníamos que purificarlo. Pero para irse a la guerra uno debe estar preparado. Teníamos que entrenar. Cogíamos armas. Las fabricábamos nosotros mismos. Cada vez que fabricábamos una nueva, era mejor. Lo mismo con nuestras armaduras. Practicábamos con ellas, probando si alguna duraba más que otra. Planeábamos estrategias.

Y lo más importante. Seguíamos los pasos que el parque nos daba. Nos iba dejando pistas, misiones que hacer. Cometidos que llevar. El parque nos entrenaba y nos guiaba hacia la victoria. Durante esas misiones, a veces teníamos que luchar contra algunos trasgos descarriados. A veces incluso trasgos montados.

Después de semanas de misiones, entrenamientos y forja, estábamos preparados. O eso nos dejó entender el parque. Ese día comimos bien, hicimos un mapa, trazamos una estrategia, y nos infiltramos a través de la puerta al infierno hacia territorio enemigo. Luchamos, huimos, contraatacamos, colocamos trampas, quemamos, y nos lo pasamos de putísima madre. Tras horas de combate, ganamos. Sí. Ganamos. Pero sólo esa batalla. Nos dimos cuenta de que más allá del parque estaba lo peor. Algo que no conocíamos. El reino de donde venían.

Ni siquiera nosotros podríamos contra eso. Pero daba igual, pues no era nuestro cometido encargarnos de ese reino. Nuestro cometido era liberar el parque, y lo hicimos bien. Días después, volvimos para ver cómo iba todo, y el parque estaba cambiado. Los muros desaparecían poco a poco. La tierra era reemplazada por caminos. El agua de las piscinas y estanques se aclaraba. Incluso aparecieron patos con el tiempo. Al cabo de unos meses, el parque era totalmente distinto, limpio y puro.

Aclaración: Los orcos eran canis grandecitos, o gitanos. Los trasgos eran canis pequeñitos o gitanos pequeñitos. Los que iban montados, es que iban en bicicleta o moto. Y nada de esto pasó de verdad, pero sí algo muy parecido.