3/11/16

Juanito Averías: Capítulo I

¿Os he hablado alguna vez de Juanito Averías?

Para ser justos, primero os tengo que hablar de Remedios. Remedios era mi vecina. Y digo era, porque falleció hace mucho. Antes de que falleciera, era una señora mayor 50% amabilidad y 50% cascarrabias. Vivía con su marido, un señor mayor 100% cascarrabias. Yo era muy pequeño en aquel entonces, y no recuerdo muy bien todo, pero recuerdo perfectamente que una vez le jodí la espinilla a la pobre señora con un camión gigantesco de plástico.

Al tiempo, su marido cayó enfermo. No enfermo de estar encamillado en el hospital, sino de estar en casa como un vegetal, jodiendo a toda su familia. Hay que matizar. Su familia era Remedios, y nosotros. Su familia de sangre sólo pasaba por allí si había dinero, u obligación. Por suerte, murió.

Remedios se quedó sola, y su única compañía no eran sus numerosos hijos. Éramos nosotros. Nos traía helados, pucheros (el de mi madre está mejor, pero la comida no se rechaza). A veces me llamaba para encenderle la tele, cambiar de canal, apagarla, y cosas así. Incluso me daba dinero (era pequeño aún). Una de las ventanas de mi casa daba a su patio. Un jardín lleno de plantas y flores. Era una puta selva. Desde ahí a veces salía y nos traía helados, o nos hablaba. Como dije, su única compañía.

Al cabo de los años, cayó enferma. Demencia senil. Una cosa bonita bonita. Casualmente la pared junto a mi cama daba a un armario empotrado, y éste a su vez, a la pared junto a su cama. Meses y meses de gritos, y yo sin poder dormir nada. Me estaba volviendo loco. A veces veía personas por la calle desapareciendo, oia voces y me daban mareos. Pero ella, por supuesto, iba a más. Gritaba muchas cosas que me duele recordar. A veces gritaba mi nombre, pedía ayuda. A veces hablaba con su madre. A veces, con Satán. Fuck. La mente humana, eh.

Menos mal que murió. Yo deseaba su muerte, su descanso. Ella la deseaba más. Sus putos hijos deseaban su casa y su poca pasta. No tardaron ni una semana en quitar todas las plantas de su casa. Todas. Y apareció el hombre de esta historia, Juanito Averías.

Mi hermano y yo solemos ver una peli, o jugar a algo de forma cooperativa cada fin de semana desde hace muchísimos años. Resulta que el señor Averías convirtió esa casa en su casa del finde, e iba con su puñetera familia cada Viernes. Su primera interacción conmigo fue gritarnos por el patio (ya sin plantas) que dejásemos de reír, que le molestaba. Ahí le bautizamos como Juanito Alegrías.

El cómo acabó siendo bautizado a Juanito Averías me temo que será plasmado en dos semanas. Ésa historia es muy larga para mezclarla con ésta.