¿Te he contado cuando fui a La Universidad por primera vez?
Estaba con Jotha en el tren, de camino a Llérez. Él me contaba las maravillas de La Universidad. Llevaba sólo unos meses ahí, y ya tenía anécdotas y curiosidades para abarcar cien trayectos de tren.
Me habló de un bar increíble. Había que salir de la estación, ir a la derecha, cruzar un extenso jardín lleno de árboles frutales y lo veías. Me dijo que en ese bar servían una cerveza especial llamada cervefuego, que era una cerveza normal pero iba con una especie de espectáculo por parte del barman. Además, en el bar vendían suapes de jumo y otros refrigerios. Yo flipaba con sus historias, y le dije que me tenía que llevar, a lo que él aceptó, claro.
Me desperté en el mismo tren. Pero no estaba mi amigo. Resulta que había soñado esa conversación. O quizás la estaba recordando de otro viaje. Mi tren no se dirigía a Llérez. Se dirigía a La Universidad. Me desperecé y me dispuse a bajar del tren, porque ya estaba muy cerca de dicha estación.
Bajé y me dispuse a ir a la derecha, cruzando un camino que me llevaba a un jardín. El jardín era increíble. Más incluso que como me lo describió Jotha. Había árboles frutales, sí. Pero de frutas que nunca había visto antes. Había flores. Había gente jugando con el frisbee, gente tumbada en el suelo, y... bueno. Había un seño regordete desnudo en una mesa de picnic bebiendo cerveza. Me saludó alzando la jarra, y le respondí con vergüenza. Y ahí estaba el bar. Era un bar de madera, parecía irlandés. Más bien un pub. No tenía nombre, o no me fijé. Estaba deseando ver la cervefuego.
Entré y el barman me recibió con una sonrisa bajo un enorme y canoso bigote. Le pedí una cervefuego. Él asintió y se agachó para sacar un barril pequeño rojo. Lo echó sobre la mesa, vaciándolo. La mesa adquirió un tono extraño por ese líquido semitransparente. Entonces el barman soltó una cerilla y toda la barra empezó a arder. No había nadie más, sólo él, el muro de llamas y yo. Evidentemente flipé y me eché un poco atrás. Eran putas llamas. Entonces las llamas se fueron disipando y apareció una jarra de cerveza en la barra. ¿Cuándo la había puesto ahí? El barman sonrió y me apresuré a probarla. Estaba fría, y sabía a cerveza negra. A regaliz, café, y, bueno. A puta gloria.
Entonces apareció Jotha para decirme "eh, te dije que era flipante, ¿eh?". Asentí, bebimos un rato más y siguió contándome maravillas de La Universidad.