Os he contado alguna vez cómo descubrí un parque de atracciones oculto bajo un hospital?
Rondaba el año 2002, fui con mis padres y mi hermano a hacer una visita a uno de mis tíos por parte de padre, que recientemente había sufrido un accidente laboral y se había quedado en silla de ruedas debido al golpe. Se partió un par de vértebras y eso lo dejó lisiado de por vida. Por supuesto, la historia podría tener un final más fatídico, pero no quita de que el desenlace siga siendo trágico.
Los hospitales jamás han traído una buena sensación a nadie, ni si quiera los más limpios; ni si quiera los recién inaugurados. La idea implícita de que la muerte se pasee por esos innumerables pasillos con sus respectivas habitaciones echa para atrás todo atisbo de posible optimismo, para tornar el ambiente general algo más oscuro. En otras palabras, gente muriendo todos los días zambullidos en una piscina de su propia amargura. Creedme cuando digo que aunque no sea apreciable a simple vista para el ojo humano foráneo a ese tipo de situaciones, la desidia mancha las paredes. Y no exclusivamente la de los hospitales.
Siendo considerablemente mas pequeño, no podía soportar el peso del sufrimiento sobre mi aún lustrosa chepa, así que me fui de allí tan pronto como pude para esperar fuera mientras mis padres hacían uso de ese fascinante callo forjado en mil batallas para los golpes duros que te da la vida.
Al salir del hospital en cuestión, hay una especie de rotonda "subterránea" (a un nivel más bajo, no completamente tapada) para ahorrar espacio y prevenir el ajetreo de coches y taxis frente a las puertas del recinto, y a su alrededor, entre calles, varias tiendas antiguas, construidas alrededor de la década de los cincuenta. Tales como una mercería, una pastelería en la que también vendían caramelos y piruletas, o una farmacia. La época en la que fueron construidas podía apreciarse por los detalles de fuera, por descuidados que estuviesen. Las tiendas estaban cerradas desde hace muchos años, pero además de ser lo suficientemente bonitas como para no quitar la decoración que les daba la esencia, nadie querría montar otro comercio en esa zona tan a desmano.
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Después de pasar por esa parte, bajo hasta la zona peatonal de la rotonda. A un lado la calzada, al otro una pared de cemento con un extintor en su caja metálica, en caso de emergencia en un sitio así transitado por coches. Observo la escena, y me resulta un tanto extraña. Al pasar cerca del extintor, noto que hay corriente que viene desde debajo de una parte de la pared de hormigón. Me pregunto qué será, y me acerco, apoyándome en el extintor. Noto cómo algo se resquebraja detrás de la pared, y comienza a moverse. De repente, una puerta se abre para el único chaval que paseaba por allí.
No daba crédito. Al abrir la puerta y bajar las escaleras detalladas al milímetro, me encontraba en un parque de atracciones de la misma época que las tiendas sobre las que antes os hablé. Un tiovivo enorme con caballos y distintos columpios, todo bañado en oro y muy tradicional, evidentemente no había atracciones manejadas de forma electrónica, eran otros tiempos. No había un solo objeto de aquella nave que no fuese dorado y brillase como si estuviese recién pulido. El dorado acompañado por el terciopelo de los colores del wealth más radical, verde oscuro y granate. Supongo que fue el capricho de un niño rico de la posguerra, y acababa de descubrirlo. Pero no me importaba, pues era capaz de llenar mis pulmones del aire y el aroma de una época de pleno crecimiento y riqueza, y recrear esa misma sensación, con la única preocupación de guardar un recuerdo exquisito para un futuro en aquel micro-paraíso.
