25/7/16

La tonta de Schindler

¿Os he contado la de veces que mi ascensor me la ha jugado?

A decir verdad son demasiadas como para redactarlas en un artículo medianamente cómodo de leer, pero pienso relatar con pelitos y señalazas (mínimo) dos que harían a cualquiera ponerse en mi lugar y dejar que el escalofrío de la espalda les acoja en su seno de síndrome de inmunodeficiencia adquirida.

La primera y principal, es la vez que salí lisiado.

Tras pasar por quirófano para que se me fuese reconstruído el ligamento cruzado anterior izquierdo de dicha rodilla y arrebatárserme el menisco interno, las ganas de vivir, mi habilidad en cualquier clase de deporte y el papel que cumplía cualquier actividad física para con el equilibrio de mi vida de cuasi-normalfag pseudo-sedentario, [suspiro] traté de verle el lado bueno que aún me quedaba por afrontar. Por ende, salí a rodearme de los colegüitas que me hacían pensar en otra cosa que no fuese lo mal que me iba y me iba a ir (No, no aspiro a nada más).

Después de media tarde respondiendo cuestionarios sobre temas como cuánto me dolía o cuánto tiempo iba a tener que estar así, y otra media escuchando [actually decent] chistes sobre mi missing menisco o mi rótula de [lo que se puede denominar como] calidad thai, me dirigía a casa con ganas de descansar y llevarme varias horas de sueño fruto de tanto trote con muleta. Según abro el portal y me dirijo al rellano a coger el ascensor, sorpresa. No funciona ninguno de los dos.

En caso de necesitar contexto, vivo en un bloque con bastantes pisos para los cuales hay disponibles dos ascensores demasiado poco fiables y antiguos. Y ese mismo atardecer, decidieron ponerse de acuerdo (no sé si los vecinos o los ascensores, os lo dejo a vuestra libre interpretación) para no funcionar / hacer que no funcionen. Mira macho.

Después del minuto de silencio por mis ya muertas nuevas fibras musculares tratando de regenerarse y la asimilación de lo propio, empuño la muleta con la determinación que no tuve en todo el año y me dispongo a subir escalón por escalón, piso por piso, hasta el piso 13. Os conté que el edificio era alto, pero, sorpresa, mi apartamento se ubica en una de las plantas más altas del edificio. Voy subiendo peldaño tras peldaño, a un ritmo reducido y con cuidado de no pisar mal y tirar al traste años de dolor y listas de espera para por fin ejercer mi derecho a tener una cirugía que me traiga de vuelta como mínimo la mayor parte del rendimiento que podía ofrecer antes (Ingenuo de mí...).
Sad fakir star
A mitad de camino, sobre el piso 7, ya con sólo la mitad de la escalera de esa altura por subir, las luces del rellano se apagan. Éramos pocos y parió la abuela. Trato de vaticinar grosso modo dónde estaba el siguiente escalón, y las pesadillas hacen sombra a mi pensamiento principal. "Ésta es la escena perfecta para caerte y joderte la rodilla, entre otras cosas.". Escalofríos intensify. Tan pronto como esa predicción sobrevuela mi sentido común, empiezo a perder el sentido del equilibrio y trato de aferrarme a la muleta y la barandilla. Cielo santérrimo, he estado a punto de recrear el máximo exponente de la escena dantesca sobre mi propia vida.

Una vez llego al frente de mi puerta, empiezo a poner los pies en el agnosticismo otra vez, pero no con el mismo sabor de boca que antes. ¿Cómo ha podido ser tan intensa la subida del rascacielos estando cojo? ¿Es ésto una mera representación de la sombra tan grande que proyecto de mis problemas cotidianos? Y lo que es más importante, ¿cómo he convertido tremenda mierda de historia en material de blog?

Juzguen usto.