21/7/16

El Coche

Mortal Upshot
¿Te he contado cuando conduje un coche de pequeño junto a dos amigos?

Eso es. Era una carretera larga, vacía. Rodeada de absolutamente nada. Parecía una de esas carreteras de desiertos que salen en la tele. Qué digo. Era una de esas carreteras.

Estaba más nervioso que nunca. Tenía en mis manos el volante, y mía era la responsabilidad de mantener el coche recto. A mi mejor amigo Ancano le tocaba mover los pedales para mantener una velocidad estable, y a mi querida amiga Laura, le tocó la honrada tarea de pulsar los botones que le indicaban a los intermitentes si íbamos a la izquierda, o a la derecha.

Todo era una locura. Muy tenso. Pero poco a poco nos íbamos estabilizando, e íbamos entendiendo cómo era. El volante era muy sensible. Si me resbalaba un poco, el coche parecía que iba a salir disparado, pero me mantuve fuerte, y mis dos amigos lo hacían genial, así que estaba claro que íbamos a llegar a nuestro destino.


Horas después, estábamos en una especie de autovía rodeada por arbustos y pocos árboles. Tras los árboles se veía evidentemente que no había nada más que campos. Que esa hilera de árboles estaba colocada ahí para rodear a la carretera. Eran pinos en su mayoría, pero a veces había algún que otro eucalipto. Los arbustos estaban repletos de flores de diversos colores. Me pregunté por qué los harían tan llamativos, por qué se currarían tanto en cuidar unas flores de una carretera, cuando en el ayuntamiento no había ni una planta de plástico. Estaba distraído con ese pensamiento. Tan distraído que nos chocamos.

Íbamos a una velocidad considerablemente alta. Todo pasó lento. Vi cómo la furgoneta estaba de lado, probablemente porque tendría otro accidente con alguien más adelante. La vi perfectamente. Nos íbamos a estrellar. Y lo hicimos. El golpe fue tan fuerte que Ancano y yo salimos volando.

Y seguimos volando. Sobrevolamos la zona. Laura no estaba, y no me acordé de ella hasta tiempo después. Eso da igual ahora. Lo importante es que íbamos a llegar a nuestro destino volando.

Sobrevolamos muchas ciudades que yo ya conocía. Sobrevolamos la Universidad. Sobrevolamos Magádiz, y la ciudad subterránea de Llérez. Todo se veía muy distinto desde arriba, pero se reconocía todo.