28/7/16

El Robo

¿Sabes que una vez fui a robar cosas a un instituto?

Fue hace tiempo. Éramos unos chavales que iban a jugar al fútbol a un instituto que carecía de muros, pero tenía tres pistas enormes para jugar a lo que fuera.

Uno de estos amigos, Revija, era un mini delincuente en potencia. Con 10 años ya iba con una navaja más grande que su brazo. Creció en un mal barrio, y sus padres no estaban muy pendientes de él. No obstante, era muy amigo de los suyos. Tuve suerte de ser uno de ellos.

El otro, Lemigu, era de familia adinerada, y de naturaleza cobarde. Por suerte, era muy influenciable, y eso ayudaba a que le metiéramos en líos a menudo.

Los tres éramos amigos del colegio, y siempre hacíamos travesurillas. Ese día íbamos al instituto a jugar, pero en vez de eso, nos encontramos unas llaves en un arbusto. Bueno, "unas llaves". Había como 40 llaves. Pesaba muchísimo, pero mi mente empezó a maquinar. Eso iba a dar sus frutos muy pronto, aunque al final acabaríamos en la comisaría, yo no podía resistirme. Quizás si hubiera sabido lo que iba a pasar, no lo habría hecho.

All USA's TVs pale.
Pensadlo. ¿Qué niño preadolescente se encuentra una llave maestra de todo un enorme instituto y la devuelve? Pues un niño poco ambicioso, a mi parecer. Eso no era una travesurilla. No era una tontería. Era algo de película. Ocean Eleven. Sick stuff.

Así que fuimos el siguiente Domingo, a las 3 de la tarde. Con walkie talkies, relojes sincronizados, y un plan en mente muy premeditado. Fue simple. No había cámaras, no había nadie. Sólo objetos de valor. Todas las llaves funcionaban. Todo era perfecto.

No voy a dar detalles de cómo fue. Lo comparo con Metal Gear Solid protagonizado por tres patos mareados, con risitas estúpidas y sin enemigos. Ah, llevábamos guantes. En serio.

El botín fue increíble. Dos móviles requisados, exámenes que venderíamos, notas, instrumentos musicales, un par de ratones, dinero en metálico, algunas joyas (objetos perdidos), y unas trece millones de gamberradas y pintadas por todo el instituto.

Pero la cosa no acabo bien. Dios, el Karma, Murphy, o quien fuese tenía un plan diferente para nosotros. Un plan que nos enseñaría que la vida no es justa, ni siquiera cuando nosotros somos los que hacemos trampas. Nos robaron el botín a punta de navaja.

La noche había caído, y tres niños estaban llorando en una pared, con un coche patrulla delante. Les explicábamos cómo un grupo de 20 hombres (eran unos 6) nos habían quitado el dinero a punta de navaja, y que hemos tenido suerte de seguir vivos. Nos llevaron a comisaría, nos interrogaron, y nos dijeron que encontrarían a esos hombres (cosa imposible).

Ese día llegué a casa muy diferente de como me esperaba. Pero al menos aprendí la lección. ¿No robar? Que va. He hecho cosas peores desde entonces. La lección es no bajar la guardia jamás. Y menos si estás en el peor barrio de tu ciudad con maletas llenas de cosas robadas.

Desde entonces siempre me pregunto, antes de salir para algo importante, cómo volveré a casa, aunque sea a la semana. Porque al final lo importante es eso. Cómo vuelves. Se ha convertido en una manía rara, pero bueno.

No robéis. Robar está mal.