¿Os he contado la vez que un gorila se apoderó del supermercado local cuando se hacía de noche?
Rondaban las 19:14 de la tarde, el sol aún brillaba y nuestro frigorífico temblaba. Se nos acababan los víveres y al día siguiente era domingo. Tesitura de la compra obligada intensifies. Aunque luego en la calle se estaba de lujo, así que nos importó menos despegar nuestro precioso culo del sofá para ir a por la jamada del día próximo.
Una vez salimos, observamos que el supermercado de cerca de casa había cerrado antes de tiempo por extrañas circunstancias, pero todo parecía ir bien, nada extraño. Así que seguimos caminando en pos de encontrar otro almacén que fuese piadoso con nuestras crujientes tripas.
Después de un breve paseo, divisamos a lo lejos otro supermercado perteneciente a una cadena enorme, pero bastante destartalado por fuera aún ello. Nos vimos obligados a entrar, por supuesto. Miramos la hora y ya eran las 20:22, a falta de 8 minutos para cerrar. Bendito menisco.
Una vez cruzamos la puerta, nos quedamos sorprendidos con la imagen interior del sitio. Un cajero para una única cinta transportadora para cobrar. wat. Con innumerables metros libres colindantes sin ninguna clase de estantería ni nada que los ocupase. Una obra de la ingeniería más gitana DIY en el establecimiento de una cadena muchimillonaria. Wow. Ya recuerdo por qué quería irme de aquí lo antes posible, otra vez.
Nos adentramos en los pasillos sin reponer ni organizar debidamente, y buscamos lo que nos hacía falta y ya. El simple layout del supermercado en general no incitaba a quedarse. Y mucho menos cuando vimos que los fluorescentes de cierta zona se tambaleaban mientras emitían luz intermitente no intencionada. ¿Ahora qué? ¿No era suficiente con la putrefacción del propio sitio?
Antes de darnos cuenta, teníamos al pobre dependiente detrás nuestro advirtiéndonos de la presencia nocturna de un gorila dentro del recinto a partir de la hora de cierre. G o r i l a. Sí, el jodido animal. Dentro del supermercado en el que teníamos que buscar la mortadela de mañana. La gota fría de sudor empezaba a recorrer nuestra cara y los berridos empezaban a condensarse, cada vez más cerca. Traté de esconderme entre un montón de percheros y ropucha barata, y dio resultado. Con las groceries aún entre mis brazos y en completo silencio, el animal pasó corriendo frente a mí sin darse cuenta de mi presencia, golpeando a su paso varias estanterías. Según pasó corriendo, salí de donde estaba. Casi se me cae el tarro de mayonesa y la lío. No porque el gorila lo escuchase, sino porque suficiente pecado me parece pagar 1,69€ como para encima no llevármelo a casa. Fawk you mean.
Después de quitarme la camisa cutre con su respectiva percha de la cabeza y aferrarme al tarro de mayonesa, busqué con la mirada a mi coleguita. Estaba a salvo, todo guay.
Nos dirigimos a pagar a la única caja que había, y mirar la hora. Las 20:29. Al pobre cajero le quedaba 1 minuto antes de salir y dejar al animal salvaje encerrado dentro del supermercado para el resto de la noche. Porque el gorila sólo aparecía de noche. A saber cómo iba a amanecer eso. Aunque si no había resultado más desastroso ya, no creo que fuese a hacerlo.
Igual lo tenían parcialmente domesticado; probablemente fuese decisión del dueño de la cadena tenerlo ahí por la noche. O quizás estaba guardado para traficar con él más adelante, y a falta de jaulas, lo metieron en el local menos frecuentado para mitigar los posibles daños colaterales de transportarlo. Aunque me encaja más la teoría del fetiche extraño de tener un animal furioso dentro con fines lúdicos. Damn capitalism, you scary.
¿Pero a quién le importaba? Yo iba a mi kelo a cascarme un sandwichito bien sanote de atún y mayonesa. O dos.

