¿Os acordáis de cuando os hablaba de mi rodilla?
Bueno. El día ha llegado. Vais a ser conocedores de la historia interminable que protagoniza algo tan simplón, banal y mundano como una de mis articulaciones. Simple porque si la anatomía humana ya no representa ninguna clase de misterio para la raza humana, la mía aún menos. Me falta un menisco. Ja, ja, un chiste sobre la rodilla. No vais a leer ni una octava parte de la ingente cantidad de coñas que me hacen prácticamente a diario sobre mi rodilla. Probablemente no oigáis ni la mitad en todo lo que dure vuestra vida (A menos que también hayáis padecido de la rodilla y vuestros coleguillas sean tan cabrones como los míos, ¡jeje!).
Por desgracia, tendrá que ser en dos partes (como las partes en las que me partí la rodilla), pero os prometo que no volveré a dividir una historia a menos que sea estrictamente necesario por lo larga que es. En éste caso, voy a aprovechar a escribir la primera parte, desde que comenzó el problema hasta que empezó a asomar la solución.
11 de marzo de 2012, aún eran tiempos chidos. Si no os habéis acostumbrado a mis notas melancólicas cada vez que pongo una fecha, no lo haréis a los chistes de rodillas. No estáis preparados. Salí con dos colegos a dar una vuelta en [skateboard], un paseíllo agradable. Nada extremo Xgames adrenalina kickflips por doquier. Volviendo a casa, tengo que pasar por un parque rodeado por jardines con plástico por encima para que crezca bien lo que plantan debajo, y los gitanillos del barrio lo quitaban para coger la tierra y lanzársela entre ellos. Yo tampoco me lo explico, pero así es.
Así que cruzo el parque. Paso por la tierra aplastada, seca y resbaladiza. Las leyes de la física deberían estar a mi favor al tener una posición casi completamente perpendicular al suelo, pero mi suerte estaba en esos días del mes, supongo. Al impulsarme otra vez y apoyar mi peso sobre la tabla, lo hago en un ángulo que hace que se deslice hacia fuera, de forma que pierdo ese punto de apoyo, el peso sigue ejerciendo su fuerza, y mi rodilla se dobla porque no aguanta esa tensión. Me caigo hacia mi lado izquierdo, y mi rodilla se dobla hacia el derecho, dejando mi tobillo al lado contrario. Crujido feo.
![]() |
| A idealist smog on |
Después de unos buenos 5 minutos tirado en el suelo retorciéndome de dolor, me recompongo y sé que no me he roto la rodilla. Cojeo hasta casa, y me echo a dormir acojonado por lo que pueda haberme hecho. He perdido la cuenta de todos los esguinces que he tenido en tobillos y muñecas, pero nunca me había pasado en la rodilla. Bueno, mañana me ocupo de ello.
Al día siguiente, me duele a fuego, como es evidente. No puedo doblarla, siento que está hinchada y es un infierno. MAMÁÁÁÁÁÁ VAMOS PAL HOSPITAAAAL... Los cojones. Mi madre recordaba la ingente cantidad de días que ha ido a urgencias por las múltiples y diversas lesiones de mi hermano y mías, y le daba alergia y apuro saturar tanto el sistema de seguridad social por cutreces tales como un esguince o un golpe tonto. Pues nada, ajo y agua dicen. Comido por la rabia y la impotencia de no poder ir a que me miren qué coño tengo, auto-terapia sidosa. Reposo e ibuprofeno = máster en medicina. Así que palante.
Tras una semana y media volví a andar correctamente, sin dolor y sin nada irregular. Así que pensé que fue un susto más gordo de lo que realmente me pareció, y seguí mi vida normal y corriente.
![]() |
| Aced omission |
En abril de 2012, hicimos el viaje de intercambio a Holanda. Gloriosos días aquellos. Una de las jornadas de visita al instituto de los alumnos holandeses, nos metieron a su gimnasio para jugar a una especie de pilla pilla pero con trampolines, colchonetas, potros y demás mierdas para obstaculizar el juego y darle algo de vidilla. No podíamos tocar el suelo, solo había una zona concreta que podía ser pisada. Bueno, mi rodilla ya estaba recuperada, no había sido nada... ¿Qué me podía ocurrir? Me subí a una plataforma grande colocada a un metro de altitud del suelo más o menos, y al bajar de un salto, el primer paso que dí fue con la pierna izquierda. Sí, la de la rodilla mala. Vuelta al crujido feo y al amago de dislocarse. Todo son risas hasta que ven que tengo algo serio. Visto desde fuera, fue una caída por patoso, pero les dije que me había torcido la rodilla anteriormente y tenía algo que ver. Mierda. Ésto no es un esguince. Ojalá lo fuese. Que haya recaído no es una señal para nada buena.
Cuando volví a casa, no dudé en ir al hospital. No puedo ir por la vida sin saber si tengo algo roto que pueda desencadenar una potencial cojera crónica por el propio desgaste, o esté a punto de romperme aún más. Llamadme hipocondríaco si queréis, pero no me digáis que es normal no estar preocupado sin saber qué es exactamente lo que te pasa.
Me sacaron una radiografía y me diagnosticaron un esguince. Les insistí en que me había pasado dos veces ya, y yo mismo descartaba esa opción. Pero palmadita en la espalda y para casa, chavalote. Después de las dos semanas reglamentarias de reposo e ibuprofenos, el miedo psicológico ya estaba a flor de piel. Si me había fallado la primera vez, iba a fallar una segunda, una tercera y una decimoquinta vez si hacía falta. Y efectivamente. Desde entonces fue cuesta abajo sin frenos. Iba a dar un paseo con amigos, y andando hacía amagos de derrumbarse otra vez. Practicábamos deporte, y a la de cinco minutos ya estaba tirado en el suelo gimiendo como un mongol porque se me había doblado again.
Seguí yendo al médico por razones evidentes, y el embrollo en el que me metí fue pequeño. De momento tenéis suficiente habiendo leído éste ladrillo de precuela. Voy a ir escribiendo la segunda y última parte después de todo lo que me acabo de sulfurar recordando la historia.
You got me fucked up.

