20/9/16

Forrest

¿Sabéis que una vez llamé hijo de puta a un chavalillo tres años menor que yo delante de sus padres?

Estaba yo en 6º de primaria, en el equipo de cutrefútbol-sala del colegio. Había dos equipos: uno de ellos más o menos serio, y el otro tomado a risa prácticamente. Yo venía de jugar a baloncesto los dos años anteriores, y estaba un poco bastante demasiado hartísimo del ambiente en el equipo y con el entrenador. Tomárselo tan en serio y ser tan competitivo a la hora de dirigir un equipo de cenutrios no implica mucha diversión. Tras las recomendaciones de mi por aquel entonces mejor amigo y pensarlo menos de medio minuto, me apunté al equipo de fútbol a principio de curso.

El panorama era un tanto peculiar. Para los dos equipos había un único portero, y aún así jugando a regañadientes en esa posición. Claro que ese portero sólo podía estar registrado en uno de los dos equipos, y por lo tanto jugar sólo los partidos del equipo en el que estaba apuntado. Yo entraba para jugar de portero, para algo que se me daba bien. Y claro, cubriría la vacante.

Según llegué al primer entrenamiento, dividieron los grupos y me pusieron con el equipo más serio, sin preguntarme primero. Qué coj- Yo quería ir con el de mi coleguita; él estaba en el otro. El que era su portero, quería jugar de defensa, y le vine como anillo al dedo, pero no me daba la gana quedarme en el equipo que no quería, a disgusto. Se lo dije al entrenador, y con un gesto de descontento, me dejó ir. A lo que el entrenador del otro equipo y sus jugadores (ya nos conocíamos) me recibieron con los brazos abiertos. El chaval que quería defender se puso a berrear con que no quería jugar de portero otra vez, pero le encasquetaron bajo los palos igualmente.

En mi nuevo equipo, los 5 jugadores titulares hacíamos un buen papel, había experiencia (dentro de lo que cabe, claro, éramos niños de primaria aún) y nos organizábamos para conseguir marcar. Pero evidentemente éramos más de 5 jugadores, y los suplentes eran de lo peorcito, o al menos la mayoría. Niños a los que sacábamos tres cursos, pequeños, algo ágiles pero nefastos jugando. En cuanto alguno de ellos pisaba el campo para sustituirnos, sabíamos que nos asomábamos por la cuesta abajo. A nada que les hiciesen una entrada poco contundente, iban directos al suelo, pobres enjutos.

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Pero bueno, basta del lado oscuro de la montaña. Vamos al lado negro. Pero se puede uno reír de él. Y con lado negro me refiero al .yao , al cringey, al que te provoca la risa con la mano en la frente. Nuesro campo. El campo donde jugábamos; "en casa". En casa de un yonki, supongo. Debajo del nuestro, hay un colegio dedicado para personas con problemas psicológicos (actual quote del cartel), y aunque el detalle no tenga mucho que ver, solo le añade jocosismo. Era "asfalto". Asfalto desnivelado. Había baches y las lineas del suelo apenas se veían. Pero eso era lo menos importante, antes de cada partido, nuestros padres tenían que pedir escobas a nuestro colegio para barrer los cristales, botes de pintura vacíos, jeringuillas, cucharas y demás enseres relacionados con los estrechos márgenes de la legalidad. Ah, y una alcantarilla en mitad del campo. El círculo central era inexistente. Nosotros teníamos cuadrado alcantarillil. Para que os hagáis a la idea de las caras que ponían los padres de los chavales que venían del colegio pijo de turno a jugar, sabiendo que si su hijo perdía el equilibrio por X razón a lo largo del partido, tenía alrededor del 22% de probabilidades de contraer una enfermedad tal como el tétanos (mínimo). De hecho, una vez me peleé con un chavalillo por el bullying hacia otro miembro del equipo, y gracias a la magia del spawn de objetos ciertamente extraños en nuestro campo calé, me las ingenié para encontrar una escobilla de váter y tirásela a la cabeza. Y quién mejor para protagonizar la historia que éste chiquillo al que a partir de ahora denominaremos como ya habréis deducido.

Partido de temporada, sábado por la mañana, jugamos un titular y yo con otros tres suplentes en la alineación. Se trasca la magedia. Pero aún conservamos la esperanza de no irnos sin puntos; íbamos empatados. Mi defensa es rudamente penetrada (toda clase de sentidos que saquéis al conjunto de palabras es válido para ésta situación) por el ataque rival, y logran entrar al área. Despues de tener que lidiar con mi propia defensa para evitar un mayor peligro de gol, logro asegurar el balón y me lo guardo entre los brazos. Buscando la jugada, veo al escobilla desmarcado más allá del centro del campo. No me lo creo, puede marcar si llega a hacerlo bien.

En un intento desesperado por hacerle llegar el balón a los pies, llego al límite de la luxación de hombro sacando de portería. Después de la fatiga del partido entero en constante tensión, evidentemente no voy a disfrutar del nivel máximo de mis fuerzas, pero aún así no son pocas. Nunca subestiméis la fuerza de un niño gordo. Catapulto el balón hasta el centro del campo, estando el susodicho un poco más adelantado. Nadie se había percatado de su presencia, probablemente ni él sabía que estaba bien posicionado. Tras darse cuenta y levantarse todos los padres de la grada (no eran gradas tampoco, recordad el campo; eran una especie de escalones gigantes donde se sentaban e ya), procedí a darle indicaciones.

"¡¡CORREEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE!!", dije mientras terminaba de luxarme el hombro con varios y diversos aspavientos. El escobilla, lejos de hacerme caso, decidió quedarse esperando al balón. En lugar de ir a recogerlo, controlarlo y seguir la jugada que nos llevaría a la victoria, decidió quedarse in situ esperando a la llegada del mismo (extremadamente lento, los balones de futbol sala no botan). En vez de retroceder un metro y seguir, escogió adoptar una postura ridícula que anticipaba su carrera después de la llegada del balón. El problema es que los jugadores del equipo contrario tenían piernas perfectamente funcionales y sabían utilizarlas bien. Así que empezaron a correr hacia él.
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Cuando el balón rodó a la altura suficiente para que el escobilla llegase a controlarlo e intentar avanzar (después de media hora), los defensas del equipo contrario ya le habían alcanzado. Aún tenía margen para intentar hacer un regate no especialmente prodigioso para despistarles, pero nadie lo esperaba. No acabó pasando, evidentemente. Los defensas le placaron como pudieron y perdimos la última ocasión de gol del partido gracias a un proceso de sinapsis defectuoso. Debió pincharse con alguna aguja del suelo, o simplemente sacar a relucir su lado más tonto del esfínter. Procedí a borrar de mi recuerdo cualquier ápice de confianza depositada en la promesa futbolística de cualquier otro jugador similar al escobilla.

Volviendo a casa, 5 minutos después de que el partido terminase, me topo con él y con sus padres. Nunca he cruzado una palabra con ellos, pero al instante y como un relámpago, me golpeó el recuerdo de mí mismo gritando groserías varias referentes a sus progenitores. Y me cagué. Si lo habían oído, me iba a caer la charla moralista del siglo. Y una potencial bronca incómoda entre padres gallos. Pero para mi suerte, les había importado una mierda lo que yo tuviese que gritarle a su hijo caracandado. Le habían prestado la misma atención que al futuro de su hijo o su educación. Menos que cero.