8/8/16

Holanda in a Nutshell

¿Alguna vez os he hablado de cuando un joven caballero me convidó a una experiencia psicotrópica única?

Viaje de intercambio, 4º de la ESO, wuw. Ser lo suficientemente joven para aún guardar algo de ambición de pasarlo bien cuando se puede y mantener en una especie de equilibrio la balanza. Marzo de 2012, ya había plantado las semillas del futuro que me esperaba. Ya me había reventado la rodilla la mitad de lo que iba a tenerla, más o menos, entre otras cosas. En Leek más concretamente, habíamos ido a casa de uno de los alumnos de intercambio a estar un rato antes de salir a dar una vuelta.

La casa era enorme, individual, dos plantas. Panorama paradisíaco europeo, zona tranquila apartada de todo a 5 minutos en bici de cualquier tipo de sitio para cubrir necesidades básicas. Fíjate si había espacio dentro que estábamos dos grupos de amigos y ninguno se había percatado de la presencia del otro. Los amigos del hermano mayor del alumno en cuestión en una sala jugando a la Wii, mientras nosotros estábamos encerrados en la cocina con varios tipos de bebidas espirituosas repartidas en torno a una mesa ovalada enorme en el centro del habitáculo.

Aún en un ambiente común, los alumnos de España estábamos en un extremo, y los holandeses en otro, principalmente por motivos del idioma. Cerca de mí, un par de asientos hacia la izquierda, el holandés estrella. Su nombre se pronunciaba algo así como la traducción de lefa en inglés, y eso sólo era el comienzo del personaje. Increíble. Con una cara de politoxicómano con acné y un corte de pelo de 5 dólares (tazón en la cabeza y corte al ras), así era al que ahora llamaremos "El Chelis".

El Chelis es un personaje espontáneo en nuestro viaje a los Países Bajos, era una especie de parásito dentro de la casa del alumno de intercambio original. Testimonio del partner español, según se levantaba e iba al salón del alumno holandés anfitrión, El Chelis se encontraba ahí, como una couch potato cualquiera, jugando al GTA San Andreas para PS2. Pero no completando misiones, eso no va con El Chelis. Robando coches, disparando peñusqui, mientras ríe despreocupadamente, dejando salir su lado más psicópata sin siquiera darse cuenta. Otras veces, al llegar por la tarde, también se dejaba ver en el mismo salón, con la ventana abierta, disparando a través de la misma al aire con una pistola de bolas de plástico. Con la mirada perdida. Quizás imaginando cómo sería disparar a alguien de verdad, como hacía en el GTA previamente, pero eso ya no nos incumbe. Eso harina de otro costal.

En un recoveco de la habitación se podía encontrar un par de altavoces de Windows sacados de los 90. Por si hacía falta aclarar algún tipo de duda, no, no se podía tener una calidad peor en unos altavoces. Como su propia imagen anticipaba a gritos, su trayectoria podría medirse en kilómetros. Dios me salve de volver a ver (u oír) tal insulto a la ingeniería acústica.

Avocado steals jar
En cuanto nuestro nuevo y gustoso amigo divisó éste par de recreaciones vaporwavish de una década mejor, tuvo lugar la sinapsis que le permite hacer uso de su capacidad de asociación con objetivos lúdicos. Música, alta. Tan pronto como se le ocurrió, se abalanzó sobre los altavoces, procedió a enchufarlos a la pared, los encendió y conectó su por aquel entonces tan de moda Blackberry. Yo, en lo personal, soy un habitual de la escena musical electrónica, pero el dubstep que comenzó a sonar en el momento en el que ese homúnculo conectó su teléfono fue lo más guarro que había escuchado hasta entonces. No guarro por la calidad del output (QUE TAMBIÉN), sino por la desfachatez de los drops y los sintetizadores agudos combinados con las líneas de bajo más desafiantes que cualquier clase de altavoz podía reproducir. Todo esto sumado a la infección auditiva que transmitían los aparatos al reproducirlo, hacía del hilo musical un desafío para los tímpanos de cualquiera.

La guinda sobre el pastel fue la escena general. El Chelis bailando dubstep contoneando su cabeza verticalmente mientras seguía la línea lírica de la canción con la mano izquierda y el ritmo de los bajos con la derecha. La risa la aguantamos (más o menos...), pero las lágrimas no.

Tras éste trágico y crudo suceso de acontecimientos, nos disponíamos a salir de la casa para por fin dirigirnos al plan original. Justo antes de salir, un amigo me pidió que fuese a la sala, se había dejado la chaqueta. Volví adentro, y me puse a buscarla.

Pasé por la sala donde el otro grupo de amigos estaba jugando, pero no estaba por ningún lado. Eso sí, la sala enorme. Todo era enorme en esa casa, coño. Hasta los hijos, medían casi dos metros. Después de esa sala había otra, como una especie de comedor, en la que había varias sillas alrededor de una mesa, y encima de una de esas sillas, la chaqueta en cuestión.

Según paso la puerta hacia la sala contigua y me sitúo algo más adentro, veo un hombre sentado en la mesa de la sala, haciendo algo. No quiero molestar, así que intento hacer el mínimo ruido posible, incluso aún si estaba de cara a él. Mira hacia arriba, contacto visual. Me saluda (todo esto en inglés) y me mira, analizándome (esto en inglés no, no se puede mirar a alguien en inglés) (creo). Me pregunta si soy un alumno de intercambio de España, y le respondo que sí. Todo muy cordial, no me lo esperaba viniendo de un hombre de unos 27 años haciendo algo a su bola en mitad de una sala vacía: si había ido a otra era para estar solo. Me preguntó qué era lo que más me gustaba de Holanda, y si echaba de menos España. La verdad es que me hubiera quedado allí para una buena temporada. Le dije que venía a por la chaqueta que había perdido mi amigo, y asintió.

Pastoral irons


Justo antes de volver, me pregunta si quiero, mientras señala hacia la mesa, lo que estaba haciendo. Hasta entonces no me había fijado, pero ante la interrogativa, miro hacia donde me estaba señalando. Estaba liándose ingeniando un porro del tamaño de mi brazo. Tan pronto como pude, intenté recoger mi mandíbula del suelo mientras pensaba la respuesta. Por no ser descortés, le dije que quizás más tarde, si nos quedábamos por ahí; me sabía fatal decirle que no después de haberme recibido tan bien. Me dijo que me cuidase, que lo pasase bien, cogí la chaqueta y me fui aún tratando de asimilar todo.

Y fin de la historia, por decepcionante que parezca. ¿Tuve que haber aceptado? Probablemente. Pero la historia dejaría de ser tan personal si no estuviese arrepintiéndome de mis decisiones o mi poco atrevimiento en un pasado, como ahora mismo. Reflejo vivo de mi propia vida.

haber si me muero