¿Os he contado alguna vez cómo mi hermano y yo acabamos conociendo a una mujer colombiana después de haber acabado en la playa a las 3 de la madrugada un jueves en pleno abril?
Efectivamente y por si aún no habíais leído el primer párrafo, era un jueves por la noche. Mi hermano había llegado para quedarse una semana antes de volver a trabajar, y estábamos solos en casa. Quizás no sea el mejor hermano del mundo, pero sí que acostumbra a tener los mejores planes. En el flagrante tueste de la simbiosis de un futuro poco prometedor y poco que perder dentro del marco de nuestro tiempo libre, se le ocurrió ir a dar una vuelta. Hicimos un tour curioso.
Primero nos pasamos por un barrio cercano a coger algo de bebida; evidentemente, entre semana no habría nada abierto, más que los comercios de la raza workaholic por antonomasia... Efectivamente, un puto bendito chino. Bebidas energéticas a mansalva, pelotazos al corazón por un precio más que razonable y con un masaje al paladar y una sacudida al sistema nervioso central que te harían olvidar cualquier síntoma de infarto.
Después, fuimos a la zona de fiesta de la ciudad a bebernos las weas que habíamos pillado en el chino. Nos sentamos en un banco con vistas a la gente bebiendo antes de entrar a la discoteca de turno a ver el panorama, cual pareja de viejos delante de una obra. Ir con mi hermano siempre implica eso: "Mira qué pintas ese, parece [frase ingeniosa]", "mira, la tia esa se baja las bragas a pedos", o el clásico "qué miras tú". Todo precedido de una carcajada mía después. La gran mayoría de las veces es inevitable.
Cuando estábamos a punto de terminarnos los refrigerios, mi hermano se levantó para estirar un rato las piernas en el sitio. En el momento en el que menos me lo esperaba, mi camarada de sangre abrió la boca anticipando el mayor estruendo gutural que jamás había escuchado nunca. Apostaría 5 monsters del chino a que el eructo era capaz de hacer que te pitasen los oídos en una sala cerrada. En pleno centro rodeado de niñat@s bebiendo. Sin cortarse un pelo. Porque así es él. Perfectamente afinado, extenso y a todo volumen. Apenas sin previo aviso. No era un eructo. Era EL eructo. Después de tirarme 5 minutos llorando de la risión, le pregunté cómo podía hacer eso en mitad de aquel panorama. Su respuesta, "a mí me la suda, que me digan algo" era su pleno autorretrato. Simplemente es así. Tardé otros buenos 10 minutos en recomponerme. Una pena no conservar tamaña obra en formato mp3.
Tras habernos hartado de ver polos y camisas con pantalones remangados por encima de los tobillos y Nike Roshe, fuimos a dar un paseíllo por la zona. Justo media hora antes le comentaba cómo me gustaría tener una Citroën c15, furgonetilla trotabarrios por excelencia, caracterizada por ser virtualmente indestructible gracias a su fiabilidad en casi todos los aspectos. Raro es que no hayas visto una en tu vida. De hecho sigue habiendo muchas durmiendo en la calle, lo cual es bastante loable teniendo en cuenta su año de salida al mercado. Pondría links en los que gente asegura que después de despeñada por un barranco sigue funcionando perfectamente, pero son demasiados. No mucho después de tomar la alternativa de la vuelta a la manzana antes de volver a partir, y la anécdota de la furgoneta viniendo a cuento, divisamos un par de sofás al lado de un contenedor en pleno centro. Eran de cuero sintético, una butaca y una pieza bastante larga por otra parte. Daban para cubrir un salón majete. No faltaron los aspavientos. Estaban perfectamente nuevos y funcionales, o al menos eso parecía por fuera. Quién coño los tiraría. Busqué en wallapop, y no me hicieron falta ni 2 minutos para ver un juego de sofás idénticos a los que acabábamos de encontrar por 200€ mínimo cada uno. Nuestro gozo en un pozo profundo de cojones. Quién tuviese una c15.
Previsiblemente nos cansamos del ambiente de allí, y fuimos hacia la zona costera. Pero antes hicimos unas paradas para ver la zona colindante. Como por ejemplo, otra discoteca que hace años era lo más exitoso de la provincia, pero ahora está venida abajo por un cambio de dueños y nosecuantas polleces más.
Una vez llegamos, se nos ocurrió ir a la playa, evidentemente vacía un puto jueves en el que ni si quiera hacía buen tiempo. Aún así no llovía. Sólo dos politoxicómanos se meterían en la arena con esa temperatura (unos 13ºC a lo sumo, la arena aún está fría) a esas horas y con ese tiempo. Pues ejercimos el papel de politoxicómanos. Además, en el maletero del flamante Astra G del '99, mi prójimo guardaba dos sillas de playa del Decathlon que nos venían de perlas para aquella noche. A la luz de la luna, en plena primera línea de playa, las plantamos en la arena y nos pusimos cómodos.
El tono de la noche se relajó, y hablamos de lo que no hay muchas más palabras para describirlo mejor como "nuestras movidas". Problemas en el trabajo, en clase, con amig@s, con ligues, también anécdotas y recuerdos en general. El punto de inflexión de la noche viene cuando le pregunto a mi hermano cómo es estar borracho. Sí. No sé qué coño se siente estando ebrio, y hasta ahora creo que no me pierdo nada. Mi hermano quedose sin palabras(entretanto, fui poniéndome las zapatillas otra vez, que empezaba a coger frío como bien predijo mi sabio hermano. Pero soy un tabacón e hice caso omiso). No sabía explicármelo, él, que tiene un buen recorrido en tierras de Baco, que había acumulado historias de fiestas suficientes para escribir un libro.
Antes de poder darme una explicación que se asemejase a mi prototipo de respuesta válida, vimos a lo lejos una sombra que se movía. Como dije antes, solo una pareja de politoxicómanos entraría a la playa a esas horas, en esas fechas. Pues ya éramos tres. Después de que la figura se adentrase lo suficiente en nuestro campo de visión como para distinguirla y saber que la formaba un cuerpo femenino de metro y medio, se dirigió hacia nosotros. Una vez estaba cerca, se escuchó:
"¿Está buena la playa ah?"
Mi hermano y yo nos miramos como si nunca hubiésemos escuchado un acento latino. No por el acento en sí, sino por la tía caminando en la playa a esas horas, y acercándosenos para hablar. Después del awkward silence, corrigió su propia frase para decirnos que se estaba a gusto en la playa. Le dijimos que sí, que se estaba de lujo sin nadie más (sin segundas intenciones) y empezó el monólogo.
La mujer en cuestión venía de una fiesta en su casa con su novio, su hermana y su sobrino. Había bebido, se encontraba mal (psicológicamente) y había ido a darse una vuelta en la playa. Después de cerca de media hora hablando, la presentación ocurrió. Se llamaba Rosmaira, y era de Medellín, Colombia. Nos contó toda clase de historias, entrelazando temas y dejándonos poco margen de intervención. Estaba algo más bebida de lo que llegaba a aparentar, pero ese es el clásico superpoder latino. No llegaba a ir borracha del todo, pero desde luego no paraba de hablar en ningún momento.
También nos confesó que se enamoró de un jovenzuelo estando de visita en su tierra natal. Adinerado, ella tendría una vida cómoda, pero estaba metido en el trapicheo con la mafia. Él se levantaba de un sobresalto por las noches y se apresuraba a coger la pistola que guardaba debajo de la almohada si llegaba a escuchar un ligero ruido de afuera de la casa, por si venían a ajusticiarle. Y según ella, por más guapo que fuese, por más dinero que tuviese y por mucho que la llegase a querer, no iba a tener una vida sostenible en el aspecto de salud. Es entonces cuando se volvió a España a seguir con su trabajo y su rutina después de decirle al muchacho que no quería ese estilo de vida, y evidentemente romperle el corazón.
Igualmente el tema de conversación se calentó en ese sentido (probablemente gracias a su propio subconsciente y sus hormonas volviéndose locas al ver a dos yogurines solos en la playa). Procedió a decirnos que se había puesto pecho en Colombia (extra barato) con lo que había ganado en España. La mujer que lucía discreta procedió a abrirse el abrigo que llevaba y nos enseñó las masivas berzas de plástico que se había implantado (sin levantarse la camiseta, copón.). Vaya perolas. "¿No son tan grandes verdad?" No qué va. No lo son si tienes la espalda de Arnold Schwartzenegger (creo haberlo escrito bien sin mirar, en tal caso, quiero dedicarle este hito a mi compañero de blog). Cojones. No soy yo de sorprenderme tanto, pero tamañas domingas.
Después de haberle checkiado el pecho, el culo y a ella en general tras su petición, nos dimos cuenta de que habían pasado alrededor de 4 horas. 4 horas en la puta playa fría. 4 horas que la mujer tirose de pie hablando de sus mierdas. No me malinterpretéis, le ofrecimos un asiento. Pero renunció. Tras darnos cuenta, procedimos a irnos a nuestra puta casa. Con suerte la vieja no estaría despierta para preocuparse y joderle el día entero desde el principio. Antes de despedirnos y tras conversaciones que daban pie a ello, intercambiamos números. Aunque probablemente fuese ella la que más caliente estaba, nos lo ofreció por si tenía amigüitas a las que podríamos interesarles. Detallazo hoyga. No íbamos a desperdiciarlo.
Según nos metimos al coche, no cabía otra reacción que preguntarnos qué CULLONS acababa de pasar. Del plan de quedarse en casa a irnos a la puta playa y conocer una "MILF" colombiana ebria hay un trecho. Hay un trecho muy tocho. Por el camino comentamos la jugada mientras nos despiporrábamos de como sucedió todo. No le comentamos nada a nuestra señora máter por razones más que evidentes, pero nos quedó un recuerdo desternillante. Y un buen fichaje para la chorbagenda.
Me costaste un catarro, Rosmaira.

